Escepticismo Político

Por: Extraido del Skeptical Inquirer

Según una opinión muy difundida entre los italianos, la gente se divide en dos clases: los furbi, o pícaros, y los fessi o tontos. Y, como lo sugieren los éxitos pasados de Silvio Berlusconi, uno de cada dos italianos han admirado más a los furbi que a los fessi. Escuche lo que sigue para no caer en la ignominiosa categoría de los fessi.Durante dos milenios los filósofos escépticos nos han alertado contra las supercherías religiosas y los fraudes intelectuales. Pero ninguno de ellos, ni siquiera Sexto Empírico en la Antigüedad, ni Francisco Sánches en el Renacimiento, ni David Hume en la Ilustración, ni Bertrand Russell en el siglo pasado, nos han advertido contra los espejismos y crímenes políticos, pese a que ellos son mucho más peligrosos que cualquier superstición.En lo que sigue procuraré reparar esta omisión. Argüiré que, aunque en materia política todos somos tuertos, más vale que el ojo vidente sea escéptico. Y, para que no se crea que predico el escepticismo político radical y destructivo, o sea, el anarquismo, empezaré por distinguirlo del escepticismo moderado o puramente metodológico que recomendara Descartes y que se practica en ciencia y en técnica, a saber, el que recomienda dudar antes y después de creer.

1. ESCÉPTICOS RADICALES Y MODERADOS
Se cree comúnmente que los escépticos no tienen creencias. Esta creencia acerca de los escépticos es falsa, ya que sin creencias de algún tipo –por ejemplo, que conviene mirar a ambos lados antes de cruzar la calle– no sobreviviríamos. Las creencias, pues, son fuentes de acción. Quien nada cree nada hace y por lo tanto vive aun peor y menos que el dogmático.
Contrariamente a lo que sucede con los gusanos, en los humanos el estímulo no causa directamente una respuesta, sino que es refractado por un sistema de creencias. Esto explica por qué un mismo estímulo, tal como una frase, provoca una reacción en Fulano y otra diferente en Zutano. Por ejemplo, la expresión ‘justicia social’ alarma al conservador pero atrae al progresista.
Desde luego, no todas las creencias son equivalentes: unas son más verdaderas o mejores que otras. El dogmático es esclavo de creencias que no ha examinado críticamente, de modo que se arriesga a obrar mal. El escéptico radical, el que nada cree, no está al abrigo de toda creencia, sino que es víctima de creencias ajenas. En cambio, el escéptico moderado, el que sopesa ideas antes de adoptarlas o rechazarlas, está en condición de actuar racional y eficazmente. En otras palabras, mientras el escéptico radical es nihilista, el escéptico moderado es constructivo. Y lo que construye, a diferencia del edificio dogmático, no se desploma al primer temblor, porque ya ha pasado pruebas escépticas.
Entre los sistemas de creencias figuran las ideologías, o sea, los cuerpos de ideas acerca de la naturaleza del mundo, del más allá, de los valores y de las normas morales y políticas. Las creencias ideológicas suelen ser las más fuertes. Tanto, que muchos científicos eminentes, que rechazaron todas las pseudociencias consabidas, se aferraron a dogmas religiosos o políticos.
Por ejemplo, Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la síntesis de la biología evolutiva con la genética, fue un ferviente cristiano. El gran biólogo J. B. S. Haldane y el no menos insigne físico John D. Bernal fueron estalinistas tan ortodoxos que defendieron los disparates de Trofim Lysenko, el enemigo de la genética cuyas hipótesis pseudocientíficas hicieron retroceder a la agricultura soviética. O sea, que una sólida formación científica no vacuna contra la pseudociencia. Para vacunarse hay que combinar la actitud científica con el análisis metodológico. Esto vale tanto para el conocimiento como para la política.
Casi todos enfrentamos los acontecimientos políticos con algún preconcepto ideológico: progresista o reaccionario, neoliberal o socialista, secular o religioso, etc. Esto es inevitable pero azaroso, porque las ideologías son respuestas prefabricadas a estímulos esperables, y la realidad social es en gran medida impredecible porque la vamos haciendo poco a poco y en forma más improvisada que científica. Por este motivo hay que poner especial cuidado en la formación y propagación de una ideología.
Sin embargo, el enfoque ideológico no es un obstáculo a la comprensión de la política si se está dispuesto a reexaminar de tanto en tanto los principios de la ideología en cuestión, para verificar si se ajustan a la nueva realidad, a la moral y a nuestras aspiraciones legítimas. Seamos escépticos pero moderados, no radicales. O sea, adoptemos el escepticismo metodológico y rechacemos el escepticismo radical, porque se niega a sí mismo y es puramente destructivo.
El buen demócrata es un escéptico moderado porque está alerta a las posibles violaciones de las reglas democráticas: al fraude, la corrupción, el cercenamiento de las libertades básicas, la agresión militar, etc. En cambio, el escéptico radical, el que nada cree, se pone al margen de la política, y con ello se hace víctima de ella. Al dogmático le va igual que al escéptico radical: también él se pone a merced de los demás en lugar de actuar conscientemente por el bien común y contra quienes cometen acciones antisociales. En resumen, el buen demócrata no obedece ni desobedece ciegamente: todo lo examina y sopesa.
En lo que sigue intentaré alertar contra minas terrestres de siete clases que acechan a quien se aventure a caminar por el terreno político: confusión, error, exageración, profecía, engaño, pagaré, maquiavelismo y crimen. No lo haré para alejaros de la política sino, muy por el contrario, para instaros a que participéis en ella con ojo escéptico antes que cegados por dogmas o ilusiones infundadas.

2. CONFUSIONES
Confundir es identificar lo distinto. La confusión puede ser involuntaria o deliberada. La confusión involuntaria es el precio que pagamos por la ignorancia, el apresuramiento, la improvisación o la superficialidad. La confusión deliberada, en cambio, es un delito, ya que es un engaño. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se identifica la libertad con la libre empresa o el libre comercio, el derecho a la defensa con la agresión armada, la socialización de los medios de producción con la estatización, y la propaganda con la información.
Una de las confusiones más difundidas y provechosas en política es la identificación o confusión de los dos tipos de terrorismo: el de arriba o de Estado, y el de abajo o de grupo clandestino, tal como el que practican las organizaciones paramilitares, con apoyo estatal o sin él.
Esta confusión es políticamente provechosa porque permite tildar de terroristas a los guerrilleros que toman las armas para hostilizar a un gobierno opresor o un ejército invasor. Más aun, a veces el Estado recurre a los mismos medios que usan los terroristas de abajo: castigo colectivo, intimidación, ejecución sumaria, tortura, o exacción. Este recurso es ilegal porque hace a un costado el tribunal ordinario, único facultado para juzgar los crímenes al por menor. Un gobierno que utilice esos recursos extralegales carece de legitimidad legal y moral. Un Estado auténticamente democrático no puede darse el lujo de usar los mismos métodos de quienes combaten la democracia. Hacerlo es pura hipocresía.

3. ERRORES
El error es tan común en política como en ciencia, pero la corrección del error es menos frecuente en política que en ciencia, porque al político común le interesa más el poder que la verdad. Además, el político puede cometer errores morales, o sea, delitos de distintas envergaduras, desde el engaño al electorado hasta la agresión, mientras que lo peor que puede hacer un científico es cometer fraude, lo que es grave dentro de la comunidad científica pero no toca a la ciudadanía.
Los errores políticos más comunes son los tácticos y los estratégicos. Los errores tácticos, o técnicos, son mucho más fáciles de corregir que los estratégicos, ya que éstos involucran principios y metas. Un error estratégico común es el oportunismo, tal como aliarse con el enemigo de nuestro enemigo con el solo fin de derrotar al adversario. Este es un error grave porque involucra traicionar principios básicos.
Otro error del mismo tipo es tomar en serio la llamada ley de Hotelling (?), conforme a la cual siempre conviene desplazarse hacia el centro del espectro político, para capturar votos del adversario. Esta estrategia electoral puede dar resultados inmediatos, pero a la larga es suicida, porque a medida que se esfuman las diferencias entre los partidos se debilita la motivación del votante para elegir entre ellos: prefiere quedarse en casa, aduciendo que, puesto que todos son iguales, no tiene caso elegir entre ellos.

4. EXAGERACIONES
En política suelen cometerse errores de evaluación, en particular exageraciones y subestimaciones. Por ejemplo, los demócratas tenemos la tendencia de tachar de fascistas a los autoritarios incluso a los conservadores. En particular, acusamos de dictadura a cualquier gobierno que conculque algunas libertades democráticas, aunque no encarcele a los opositores en masa. Por ejemplo, en su tiempo se acusó de dictadura a los gobiernos de los generales Primo de Rivera y Perón, cuando de hecho fueron dictablandas. Las exageraciones de este tipo atemorizan a unos y llevan a otros a tomar medidas innecesariamente radicales.
Tampoco hay que cometer el error opuesto, de subestimar. Un ejemplo de este error es el que comete el eminente sociólogo político Michael Mann en su monumental Fascism (2004), al afirmar que el franquismo no fue fascista. Llega a esta conclusión porque el franquismo no se ajusta a su definición idiosincrática de fascismo. Según Mann, “el fascismo es la búsqueda de un estatismo nacionalista [nation-statism] trascendente y purificador mediante el paramilitarismo”. Puesto que la organización paramilitar facciosa, la Falange, era pequeña, el franquismo no se ajusta a esa definición. Lo mismo se aplicaría al régimen del Mariscal Horthy en Hungría.
A mi juicio, esto sólo muestra que la definición de Mann es defectuosa, ya que el régimen franquista colmó los deseos de los super-ricos, así como los de Hitler y Mussolini, escuchó las plegarias del Papa y ejecutó a más opositores que cualquier otro régimen fascista. ¿Para qué montar una fuerte banda paramilitar de señoritos voluntarios si se dispone de casi todas las fuerzas armadas del país, de los aviones y buques de guerra alemanes, y de los llamados voluntarios italianos? El error de Mann consistió en aferrarse a una definición en lugar de empezar por una provisional, ponerla a prueba, y terminar proponiendo una definición más adecuada que la inicial. O sea, en este caso no se ajustó al método científico.

5. PROFECÍAS
La profecía es especialidad del líder religioso, del ideólogo que cree conocer las leyes de la historia, del macroeconomista ortodoxo, del político inescrupuloso y del vendedor de grasa de culebra. Es posible hacer profecías políticas correctas referentes a sociedades tradicionales, homogéneas y carentes de cuantiosos recursos naturales. Las sociedades de este tipo pueden persistir durante bastante tiempo en el mismo estado, porque no tienen divisiones que generen conflictos internos graves ni tientan a potencias extranjeras. Pero las cosas cambian radicalmente en cuanto aparecen la modernidad, la sociodiversidad pronunciada o una gran riqueza natural. Cuando esto ocurre suceden cambios imprevisibles.
La modernidad y la gran diversidad social van acompañadas de cambios sociales impredictibles. La primera favorece el cambio, por dar rienda suelta a la creatividad, la que consiste, precisamente, en inventar cosas, procesos e ideas nunca pensados antes. Y la gran diversidad social, sobre todo si consiste en desigualdades pronunciadas de acceso al poder económico, político o cultural, genera conflictos de resultado incierto. Baste recordar las grandes revoluciones sociales y los trágicos conflictos bélicos de los últimos dos siglos. Nadie predijo la Revolución Rusa, el ascenso del nazismo al poder, la gran alianza contra el Eje fascista, o la implosión del Imperio Soviético. En nuestros días, al ordenar la tercera invasión de Líbano, Ehud Olmert, primer ministro israelí, profetizó “un nuevo Medio Oriente” al terminar la operación. Treinta y tres días después, al ordenar la retirada de las tropas invasoras, que no habían hecho sino matar y destruir, confesó que su ánimo se había tornado “sombrío, humilde y pesimista”.
Pese a los fracasos sucesivos de las profecías desde los tiempos bíblicos, millones creyeron en la profecía cristiana del fin del mundo, en la marxista de la bancarrota del capitalismo y en la neoliberal de la prosperidad que causaría el libre comercio, pero que no le llegó al Tercer Mundo. Otros creyeron en la profecía del primer presidente Bush, quien en 1990 afirmó que el precio del petróleo bajaría al ganar la Guerra del Golfo. De hecho, desde entonces ese precio subió de 20 a 70 dólares por barril, debido en parte a la política exterior de su hijo.
La única región del mundo acerca de la cual me atrevo a hacer una predicción, por cierto sombría, es el llamado Medio Oriente, que en realidad es próximo. Esta ha sido una región conflictiva desde el colapso del Imperio Otomano porque flota sobre el mar de petróleo más vasto del planeta, porque el petróleo es muy codiciado por todos los países, y porque hay una sola potencia capaz de controlarlo o incluso poseerlo por la fuerza sin que le importe violar una y otra vez el derecho internacional. Por este motivo me atrevo a profetizar que el Oriente Medio seguirá siendo conflictivo, aunque se firmen docenas de tratados, mientras le quede un barril de petróleo.
Los americanos están dispuestos a sacrificar por este motivo hasta el último soldado israelí, y los reclutadores islamistas hasta el último mártir-asesino, para defender el óleo sagrado. Poderoso caballero es Don Petróleo. Si quedare duda, imagínese lo que ocurriría si Israel hubiera sido instalado en Patagonia o Amazonía en lugar de Palestina. ¿Qué interés habrían tenido los americanos en transformar a Israel en la fortaleza más potente de la región, la única dotada de armas de destrucción masiva, y la única capaz de defender el acceso de las firmas norteamericanas a ese tesoro fabuloso?
En resumen, es posible acertarla con predicciones en pequeña escala y a corto plazo, así como con predicciones referentes a recursos naturales. En cambio, no es posible acertarla con profecías sociales grandiosas. Esto se debe a que no conocemos las leyes de la historia, y ni siquiera sabemos si las hay.

6. ENGAÑOS
El día siguiente al atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001, el titular de la primera plana de The New York Times ponía: “Los EE.UU. bajo ataque.” Esto daba la impresión de que se trataba de un nuevo Pearl Harbor: que la nación norteamericana estaba en guerra porque había sido atacada por otra potencia, la que ahora se llamaba “terrorismo”. Era la guerra contra el Terror, enemigo sin territorio ni gobierno, pero no menos temible por ello, y que exigía la movilización del pueblo: leyes de emergencia, recursos extraordinarios y, sobre todo, unión en torno al Líder del Mundo Libre, el presidente George W. Bush, electo un año antes en una elección sospechada de fraudulenta.
Esa presunta noticia fue falsa porque, por definición, guerra es conflicto armado entre dos naciones con sus respectivas fuerzas armadas, y en este caso había una sola nación, y el enemigo no era una fuerza armada sino una minúscula banda de criminales fanáticos no identificados. Es como si el gobierno español hubiera afirmado que estaba en guerra con ETA, hubiera bombardeado y ocupado el sur de Francia por albergar a etarras, y hubiera construido una prisión política para vascos sospechosos en una ex-colonia africana, para “interrogarlos” y sustraerlos a la justicia española.
Como dice George Soros en su último libro, The Era of Fallibility, la “guerra al terror” no es sino una metáfora políticamente conveniente. Tanto, que engañó al pueblo norteamericano, recortó las libertades civiles, dividió, entonteció y desarmó a la oposición, prometió un torrente inagotable de petróleo barato, e hizo regalos colosales al puñado de empresas amigas de la Casa Blanca. Años después el mismo gran periódico admitió la falsedad de su “información” de que Irak poseía armas de destrucción masiva y había participado en el ataque del 11/09. Pero ya era demasiado tarde: ya habían sido agredidas y ocupadas dos naciones, ya habían muerto decenas de miles de civiles inocentes, ya habían sido irreversiblemente arruinadas las vidas de centenares de miles de personas, y ya habían sido reducidas a escombros centenares de hospitales, escuelas, centrales eléctricas, plantas purificadoras de agua, fábricas, puentes, y casas privadas. O sea, ya se habían cometido innumerables crímenes de guerra. Sin embargo, estas operaciones en nombre de la libertad y la democracia le ganaron a George W. Bush y su partido una nueva victoria electoral. Una vez más, la alquimia política había transmutado a comediantes y delincuentes en grandes estadistas.
El engaño político es particularmente exitoso y repugnante cuando va disfrazado de cruzada moral, cuando los líderes les dicen a sus conciudadanos: “Nosotros somos buenos, y ellos son malos, de modo que nuestra guerra con ellos es una cruzada del Bien contra del Mal”. El escéptico sabe que cada uno de nosotros es medio ángel y medio demonio, Doctor Jekyll de día y Mister Hide de noche, bueno en el hogar y malo en el trabajo o al revés. Por lo tanto, el escéptico les exige a los políticos maniqueos que le digan claramente en qué aspectos “nosotros” somos buenos y en cuáles “ellos” son malos. Puede ocurrir que no haya gran diferencia moral entre ambos bandos, y que su conflicto no sea moral sino material: que no se trate del Bien sino de bienes, tales como tierra, agua, petróleo y mercados.
Otra cruzada en que están empeñados los buenos profesionales es la libre empresa y el libre comercio, pese a que ninguno de ellos han hecho progresar a los países subdesarrollados. Los Vargas Llosa, el novelista justamente famoso y su hijo Álvaro, militan en esta cruzada. Vargas Llosa hijo ha acusado a los izquierdistas latinoamericanos de ser idiotas por persistir en el error socialista y no comprender los beneficios del llamado neoliberalismo, que no es sino la tentativa de volver al capitalismo desenfrenado del siglo XIX. Otro hijo famoso, el del padre del capitalista más poderoso del mundo, disiente. En efecto, Bill Gates declaró hace poco, en la famosa audición de Bill Moyers, que, si bien el capitalismo había sido una bendición para el primer mundo, había resultado una maldición para el tercero. El escéptico ingenuo queda en la duda: ¿cuál de los dos hijos será el idiota, Bill o Alvarito?
Finalmente, no hay engaño exitoso sin autoengaño de otros: Don Juan cuenta con el autoengaño del cornudo. Los niños que se enrolaron en la Cruzada de los Niños creyeron que se ganarían el paraíso al ir a rescatar el Santo Sepulcro de manos de los infieles; millones de ciudadanos soviéticos creyeron que estaban construyendo el “socialismo real”, cuando de hecho se estaban sacrificando por el socialismo de Estado; los mandatarios chinos siguen llamándose a sí mismos comunistas al mismo tiempo que favorecen el ensanchamiento del abismo entre ricos y pobres; y millones de norteamericanos creyeron a su presidente cuando les aseguró que la dictadura irakí poseía armas de destrucción masiva que amenazaban su derecho sagrado al petróleo ajeno.
El escéptico procurará mantener en buen estado a su detector de mentiras, para no dejarse extraviar por cantos de sirenas de afuera ni de adentro. Pero, contrariamente a Ulises, no se amarrará al mástil de su barco dejando que éste navegue a la deriva, sino que empuñará el timón para seguir buscando la verdad.

7. PAGARÉS
Todo político tiene que firmar pagarés, o sea, hacer promesas. Si es honesto, los firmará creyendo que podrá levantarlos, aun sabiendo que pueden ocurrir acontecimientos inesperados, tales como sequías prolongadas y agresiones extranjeras, que le impidan cumplir su palabra.
Lenin prometió que la combinación de poder soviético con electrificación gestaría el socialismo, pero éste nunca llegó. Hitler prometió un reino milenario, que no duró sino doce años. Durante la segunda guerra mundial Roosevelt y Churchill prometieron un mundo sin miedo, en vísperas del peor susto que sufrió la humanidad desde el año 1.000: la amenaza de guerra nuclear. Perón prometió la justicia social, la que jamás llegó. Y ahora Bush promete regalarles libertad y democracia a todos los pueblos, aunque no las quieran. No hay cómo firmar pagarés políticos para obnubilar el espíritu crítico
Ocasionalmente el político ambicioso, aunque básicamente honesto, firmará pagarés literalmente a diestra y siniestra, para obtener el apoyo de grupos políticos de idearios muy diferentes del suyo propio. Si triunfare, se encontrará con la imposibilidad de cumplir con los diestros sin ofender a los siniestros y recíprocamente. Esto le ocurrió a Arturo Frondizi, el primer presidente constitucional argentino después de la caída de Perón. No sólo no pudo levantar todos los pagarés que había firmado, sino que se topó con los tres enemigos tradicionales de la democracia latinoamericana: las fuerzas armadas, la Iglesia católica y el servicio norteamericano de espionaje.
El ciudadano con ojo escéptico intentará averiguar qué pagarés ha firmado su candidato, así como estimará la posibilidad que tiene de levantarlos. Si le parece que ha prometido demasiado a demasiada gente, se lo hará saber, para que el candidato se desligue a tiempo de algunos compromisos. Siempre es preferible conservar el capital político bien habido a malgastar el malhabido.

8. MAQUIAVELISMO
Niccolò Machiavelli fue uno de los más grandes politólogos de todos los tiempos, pero también fue un técnico siniestro de la manipulación política. Lo que hoy llamamos maquiavelismo puede resumirse en el consejo utilitarista “El fin justifica a los medios”. En otras palabras, la receta es armarse de insensibilidad moral.
Es moralmente insensible el que pasa por alto la pobreza, la violencia, la corrupción y la ignorancia, pero en cambio exige sacrificios para mayor gloria de Dios, de la patria o de un ideario. Un movimiento político es moral si y sólo si se propone sinceramente mejorar el estilo de vida de las gentes, o sea, si es democrático y progresista, porque en tal caso esprosocial. En cambio, un movimiento político es inmoral si es antisocial, o sea, si favorece los intereses de una minoría a costillas de la mayoría. Acabo de plagiar a Alexis de Tocqueville, a casi dos siglos de distancia.
Sin embargo, ¡ojo escéptico!, porque un político puede abogar de buena fe por fines morales al mismo tiempo que emplea medios inmorales para conseguirlos. Primer ejemplo: el igualitario que practica el elitismo al sostener la necesidad de una dictadura para imponer la igualdad. Segundo ejemplo: el demócrata que pretende imponer la democracia a tiros o a dólares. Tercer ejemplo: el liberal que ejerce la censura para impedir la discusión y difusión de ideas reaccionarias o socialistas.
En conclusión, el escéptico examinará no sólo las metas de un movimiento político sino también los medios que propone para alcanzarlos. De lo contrario se hará cómplice de alguna de las grandes hipocresías de nuestro tiempo: la guerra para acabar con las guerras, la dictadura para realizar la emancipación, el centralismo democrático, y la invasión para difundir la democracia. Para hacer una tortilla hay que romper huevos, pero frescos, no podridos, ni menos aun cuando están siendo empollados.

9. CRÍMENES
En política, igual que en la vida cotidiana, se cometen errores morales, o sea, acciones antisociales, que son las que benefician al actor en perjuicio de otros. Los errores morales pueden ser voluntarios o involuntarios, de comisión o de omisión. Cuando el daño consiste en la muerte de inocentes, o en la destrucción de cosas muy necesarias para otros, tales como hospitales, fuentes de energía y puentes, y el error es un crimen.
De todos los errores morales deliberados, el peor es la agresión, de cualquier tipo y a cualquier escala. Y de todas las agresiones la peor es la armada, particularmente la agresión armada en gran escala, o sea, la guerra, ya que es asesinato al por mayor. Sin embargo, sigue habiendo guerras y se sigue usando el símil bélico para nombrar campañas de distintos tipos: guerra a la droga, al crimen, al SIDA, al analfabetismo, etc. En cuanto se habla de guerra, literal o metafórica, se puede recurrir al patriotismo, ya auténtico, ya fabricado ad hoc para privar a la gente de su facultad crítica, de su juicio moral, o de su libertad.
Por todo esto es escandaloso que sean tan pocos los filósofos morales que hayan condenado la guerra; que los cursos universitarios de ética le dediquen mucha menos atención que al caso proverbial del padre que roba un pan para alimentar a sus hijos hambrientos; y que los fundamentalistas cristianos no se manifiesten contra la guerra, el crimen máximo, ni voten contra quienes la inician, en lugar de desfilar contra el aborto y el matrimonio homosexual.
Es característico de los guerreros de sillón, desde los políticos que organizaron la primera masacre mundial hasta nuestros días, el que todo lo vean en términos de victorias y derrotas, nada en términos morales. Por ejemplo, en el documental “The fog of war”, dedicado a la vida pública de Robert S. McNamara, éste confiesa haber cometido varios errores al organizar la guerra contra Vietnam en su calidad de secretario de defensa de los presidentes Kennedy y Johnson, pero rechaza categóricamente la acusación de haber cometido crímenes de guerra, pese a haber ordenado el bombardeo indiscriminado de poblaciones civiles, la fumigación con “agente naranja”, el desmantelamiento de aldeas, y muchos otros actos prohibidos explícitamente por la Convención de Ginebra y la Carta de las Naciones Unidas. Las personas normales, en cambio, sabemos que la agresión bélica es criminal y por lo tanto inmoral.
Con el pretexto de que la mejor defensa es la agresión, a menudo el agresor alega que dispara primero para defender mejor. Se habla así de guerra preventiva, se invade países enteros para aprehender a un puñado de terroristas y, con el pretexto de la seguridad, se cercenan las libertades civiles. A los ojos del escéptico, la guerra, ya auténtica, ya metafórica, es un delito que sólo conviene a unas pocas compañías y a los políticos que medran con la credulidad del ciudadano.

10. MORALEJAS ESCÉPTICAS
Terminaré enunciando un puñado colmado de moralejas escépticas.

  1. Confundir deliberadamente es estafar. No se deje estafar.
  2. Errar es humano, pero persistir en el error es estúpido o criminal. Corrija sus errores antes de que lo tomen por tonto o por canalla.
  3. En política, exagerar para cualquiera de los dos lados es peligroso. No arriesgue el pellejo subestimando, ni haga el ridículo exagerando.
  4. Las predicciones políticas son azarosas porque no conocemos leyes históricas. Desconfíe de quien le ofrezca venderle el futuro, sobre todo en cuotas de sangre.
  5. En política las palabras sirven, ya para informar, ya para engañar. No sea ingenuo: tome con pinzas y examine todo lo que le digan, y recuerde que el mentiroso mayorista suele ser premiado y recordado, ya injustamente como gran hombre, ya justamente como gran rufián.
  6. Antes de aceptar un pagaré político averigüe si el firmante es solvente y si su pasado inspira confianza.
  7. Desenmascare el maquiavelismo: contribuya a moralizar la política. A buenos fines, buenos medios.
  8. Recuerde que la agresión armada, por justificada que parezca, es un crimen. Y que este crimen se da en dos variedades: de abajo y de arriba (o terrorismo de Estado). El terrorista de abajo puede caer bajo el Código Penal, mientras que al de arriba le cabe el Código de Nüremberg. En resumen, cuando oiga la palabra ‘guerra’, desconfíe: acuda al diccionario y averigüe quién es el auténtico enemigo y cómo combatirlo sin cometer crímenes de guerra.

Metamoraleja: Desconfíe de todas las moralejas, pero no se deje paralizar por la desconfianza. La duda sacude y la crítica quiebra, pero para que haya algo que sacudir o quebrar es preciso empezar por construirlo (en inglés queda más bonito: Doubt shakes and criticism breaks: Neither makes, and making is what counts). Para que sirva, el escepticismo no debe ser una doctrina sino una fase de la investigación.

Escepticismo y Política

Por: Barry Fagin

 Para los escépticos que desean ser políticamente activos, algunas opciones son más atractivas que otras.

¿Cuál es la conexión entre el escepticismo y la política?
¿Cuáles son las políticas apropiadas para un escéptico?

¿El hecho de ser escéptico automáticamente establece una posición política, o hay puntos de vista alternativos consistentes con el escepticismo?

Hago estas preguntas porque pienso que los escépticos no le han prestado suficiente atención. Esto no es sorprendente, considerando nuestra naturaleza. Como escépticos, estamos acostumbrados a la deliberación, evaluación de evidencia y en la insistencia de la necesidad de aportar evidencias extraordinarias para apoyar afirmaciones extraordinarias.

Estos temas no son importantes para el proceso político, el cual en cambio apela a la emoción y a la manipulación exitosa de las pasiones humanas.

No es sorprendente nuestra sensación de poco confort en el mundo político. Representa todo lo que rechazamos en nuestra búsqueda de entendimiento. Sin embargo, nos enfrentamos a la evidencia insoslayable de la importancia de la política. Nos guste o no, muchos aspectos de nuestras vidas son afectados, y continuarán siendo afectados, por el proceso político.

El simple interés personal, por tanto, sugiere que los escépticos deberían abordar los temas políticos. De mayor importancia es que quizás los escépticos tienen algo importante que ofrecer a sus conciudadanos.

La transparencia otorgada al proceso político puede proveer una útil plataforma para el análisis racional tan a menudo ausente del debate político moderno. Este artículo explorará la conexión entre el escepticismo y la política.

Comienzo con una discusión de la testabilidad de las afirmaciones políticas Luego discuto una bien conocida distinción entre política, moralidad y su relevancia para los escépticos. Posteriormente examino las definitorias instituciones de la política, desarrollos de las ciencias sociales que podrían afectar la política para un escéptico, además de otros ítems que los escépticos encontramos especialmente problemáticos. Concluyo con algunas opciones políticas para los escépticos, junto a una elección que a mi juicio es inaceptable.

La importancia de la testabilidad

Para un escéptico, la testabilidad de una afirmación es el asunto más importante. Desafortunadamente, la testabilidad de las hipótesis políticas es extremadamente baja, dada la dificultad de experimentos controlados. Uno se pregunta si la expresión “ciencia política” tiene en efecto algún significado.

Supóngase por ejemplo que, deseamos evaluar la falta de efectividad de la redistribución de los ingresos en la reducción de la pobreza. No podemos crear dos sociedades idénticas, dando a una de ellas una entrada (*) placebo y a la otra una real, administradas en un modelo de doble ciego. El proceso político afecta a todos los miembros de una comunidad dada; no existen observadores ni interesados para evaluar las salidas.

Debemos, en cambio, vivir con las imperfectas alternativas de ciudades, estados y naciones como pobremente conducidos experimentos en organización social.

Aunque estos experimentos carecen de controles, factores en contra y toma un largo lapso antes de que produzcan efectos medibles, son las mejores fuentes de información factual para los escépticos acerca de lo asuntos políticos.

Por tanto, un escéptico debería estar familiarizado con la historia, la política y la economía, a pesar de su falta de valor predictivo fuerte como las ciencias sociales. Un escéptico debería saber cómo los seres humanos han tratado de organizarse socialmente. Cuando un escéptico hace una afirmación sobre algún hecho político, debería estar familiarizado con ejemplos similares de la historia. Cuando un escéptico desafía una afirmación política, debería cuestionar aquellos ejemplos que apoyan la suposición. Cuanto más extraordinarias sean las afirmaciones, más creíbles deberán ser los ejemplos.

Escepticismo y moralidad

Muchas afirmaciones políticas, por supuesto no son falsables:

  • “Tenemos el deber de ayudar a aquellos miembros de nuestra sociedad que no son capaces de ayudarse a sí mismos”.
  • “La homosexualidad no es moralmente igual que la heterosexualidad”.
  • “La salud es un derecho, no un privilegio”.
  • “El gobierno debe inculcar moralidad a sus ciudadanos”.

Estas no son afirmaciones empíricas, sino morales: afirmaciones que indican valores sentidos profundamente por el que las hace. Ellas sirven como axiomas de un sistema de creencias. La adherencia a valores morales no es incompatible con el escepticismo, aunque los axiomas morales de un escéptico son más susceptibles de cambiar a través del tiempo que los de la mayoría, dado su hábito mental de constante cuestionamiento y reevaluación.

¿Qué podemos decir, de las relaciones entre los valores morales de los escépticos y sus preferencias políticas?

Escepticismo y gobierno

La clave, pienso, es que, mientras que la política y la moralidad estén relacionadas, no son idénticas. Todas las acciones políticas deben ser morales, pero la reciprocidad no se da. Hay un extendido régimen de acción que incluye la moralidad pero que, en una sociedad justa excluyen a la política. Esta visión es esencialmente la del liberalismo clásico, que ve a los seres humanos como agentes con derechos, de tal manera que, se establecen los gobiernos para asegurarlos, no con una finalidad dada. Tal visión reconoce el derecho del individuo a tomar decisiones morales sin la intervención del estado, dentro de los límites en que los derechos de los demás son respetados.

La política es una fuerza socialmente implantada: las soluciones políticas a los problemas son todos acerca de forzar a las personas a tomar un curso de acción. Esto provee una manera de distinguir afirmaciones morales de las políticas. Si las afirmaciones de arriba son hechas en un contexto político, son mas apropiadamente interpretadas como:

  • “La gente debe ser obligada a ayudar a aquellas que no pueden ayudarse a sí mismas”.
  • “La política gubernamental debe distinguir la heterosexualidad de la homosexualidad”.
  • “El gobierno debe proveer cuidados de salud, aunque esto signifique obligar a la gente a hacerlo”.
  • “La gente debe ser hecha virtuosa”.

Una perspectiva que reconoce la distinción entre política y moralidad puede permitir a los escépticos encarar a la gente con diferentes valores morales en cuestiones políticas, a pesar de diferencias aparentemente irreconciliables de opinión. Los escépticos, en efecto, pueden tener un ancho campo de diferentes valores morales. Si tienen éxito en reconciliar sus ideas políticas y su escepticismo, entonces deberían aplicar sus mismas técnicas de análisis crítico a las instituciones políticas de la misma forma como lo hacen con todas las otras. La institución del gobierno y el uso de la coerción, como herramienta social, las dos características centrales de la política, deben ser examinados críticamente. A mi juicio, la teoría económica, la evidencia histórica, y la simple experiencia diaria sugieren que el gobierno es una herramienta muy pobre para la resolución de los problemas sociales. Si esta visión es correcta, se tienen profundas implicancias para las políticas del escepticismo.

Teoría del escepticismo y la decisión pública

Los lectores que por largo tiempo han creído en la inefectividad de la política como medio para lograr fines sociales deberían estar alertas a recientes desarrollos en las ciencias sociales. La teoría de la decisión pública, en particular, amerita cuidadoso estudio. Desarrollada por James Buchanan, genera predicciones verificables acerca del comportamiento de las instituciones políticas. Estas predicciones están sostenidas por la observación empírica, sugiriendo que todo escéptico debería tener cuanto menos un conocimiento funcional de ellas. Por su trabajo, en el desarrollo de la teoría de la decisión pública, James Buchanan recibió el premio Nobel de Economía, en 1986.

Brevemente, “La teoría de la decisión pública” aplica los principios de la economía al sector público, principios que previamente, en círculos académicos, solamente fueron aplicados al sector privado. Métodos previos de análisis económico asumían que mientras los intereses propios de los humanos eran en los asuntos privados, los asuntos públicos eran diferentes. Cuando acciones privadas llevaban a un “fracaso de mercado”, se asumía que las instituciones públicas eran capaces de corregirlo debido al conocimiento superior, motivación u otros atributos. En otras palabras, se asumía que los gobiernos estaban “por encima” del interés personal y por ello, más efectivos para solucionar problemas sociales.

“La teoría de la decisión pública” sugiere que esta asunción no es correcta. El interés personal es dominante en todos los dominios humanos, tanto públicos como privados. Esto significa que, cuando se dirige una solución política a una posible incidencia de fracaso de mercado, la posibilidad de fracaso político debe también ser considerado. El fracaso político es simplemente la situación que ocurre cuando la solución política no funciona, tiene consecuencias negativas no intencionadas, y/o crea peores situaciones que el problema que debió ser resuelto.

Los lectores que estén interesados en aprender más sobre “La teoría de la decisión pública”, pueden referirse al trabajo original de Buchanan (Buchanan 1964) y un resumen de evidencia de soporte 20 años más tarde (Buchanan 1984). Copias de estos libros pertenecen a todo estante de un escéptico.

Asuntos difíciles para escépticos

Si se concede escepticismo acerca del gobierno, entonces el escéptico queda en una situación difícil en asuntos donde la ciencia y las políticas públicas se sobreponen. De un lado, nuestro compromiso a los más altos principios de investigación objetiva y nuestra comprensión de las manifiestas contribuciones de la ciencia, sugieren que deberíamos apoyar la actividad gubernamental en la educación de la ciencia, incremento de fondos federales para la investigación científica, prohibición de medicinas que no fueron probadas seguras y efectivas, y así sucesivamente. Por otro lado, el escepticismo acerca del gobierno nos dice que estas políticas en su implementación práctica son muy probables de tener consecuencias no intencionadas, precisamente porque el gobierno participa (Martino 1992), (Fagin 1993).

Uno no puede evitar sentirse ultrajado, por ejemplo, ante la tragedia moderna de la curación por fe, tan elocuentemente descrita por James Randy en su libro “The Faith Healers” (Randi 1987). La venalidad, corrupción, e ignobilidad de sus practicantes parecen ser excedidos sólo por la culpabilidad de sus seguidores. Aun así, aquellos que son escépticos deberían preguntarse cómo podrían ser los acercamientos políticos efectivos.

¿Se debería aplicar impuestos a esos curadores, ya que no son una religión “legítima”? Si es así, ¿quién decidiría la legitimidad religiosa? ¿Debería perseguirse a los curadores por fraude, incluso si sus víctimas continúan creyendo? Si es así, ¿cómo se llevarían a cabo tales persecuciones? ¿Cómo un Departamento de Investigación de la Curación por Fe realmente actuaría en la práctica? ¿Qué tan efectiva ha sido la acción coercitiva históricamente al ponerse entre personas ilusas y desesperadas, y algo en lo que quieren creer? Las respuestas a estas cuestiones, me parece, ponen al escéptico en la posición del renuente laissez-faire. Aunque podemos aborrecer la curación por fe, y aunque queremos ver a sus curadores fuera del negocio, debemos reconocer que las instituciones políticas son inapropiadas para tratar este problema.

Un ejemplo similar, pero más controversial del dilema que enfrentan los escépticos en la arena pública ocurrió en estas páginas (Barret 1995) y en las posteriores cartas al editor (Lantz 1995), concerniente al rol de la FDA en la regulación de la medicina práctica. Por otro lado, los escépticos entienden que la ciencia es la mejor manera para comprender cómo el mundo funciona. La gente que elige para sí misma técnicas medicinales que no han sido substanciadas científicamente, están, por lo menos, derrochando su dinero y en el peor de los casos, poniendo en peligro sus vidas.

Y, todavía los escépticos deberían preguntarse si una prohibición de medicamentos no comprobados y prácticas medicinales no convencionales realmente representa una mejoría. La teoría de la decisión pública sugiere, y la evidencia muestra, que agencias como la FDA actúan para incrementar sus presupuestos y la autoridad regulatoria más allá de lo que originalmente se intencionaba. Ellos tienden a errar en la parte de caución, intercambiando vidas salvadas al prohibir productos no comprobados por vidas perdidas a causa de los retrasos en la aprobación de nuevos dispositivos y drogas. La manera correcta de hacer tal compensación está lejos de ser obvia (Higos 1994ª y 1994b). Hay también, serias dificultades para tratar “seguridad” como un concepto objetivo. Para un burócrata, seguridad sólo puede mostrarse por un estudio de varios años de la droga usando controles cuidadosos y estándares científicos rigurosos. Para un joven muriendo de SIDA, la seguridad de una droga significa algo muy diferente.

La salida a estos problemas, me parece, se proveé por la distinción entre política y moralidad. A pesar de que como escépticos comprendamos que la ciencia es la mejor manera de descubrir la verdad del mundo físico, otros no concuerdan esto, o por lo menos piensan que descubrir la verdad del mundo físico es secundario con respecto a otras cuestiones. Mientras sus acciones no dañen a otros, debemos desafortunadamente permitir a otros actuar según esas creencias, simplemente porque la coerción muy improbablemente mejorará la situación.

Podemos esperar persuadir voluntariamente, a través del ejemplo personal y a través de la articulación vigorosa de por qué la ciencia y el pensamiento críticos son importantes, pero el escepticismo sobre la definición de las instituciones políticas demanda que no usemos la fuerza contra la gente que cree en curación por fe, laetrile y canalización.

Las políticas de un escéptico

¿Qué significa esto para los escépticos que quieran afiliarse políticamente? ¿Cuál activismo político es el más apropiado para los escépticos? Estos asuntos son específicamente difíciles hoy, ya que la aplicación de una perspectiva crítica a la institución del gobierno distingue las políticas de un escéptico tanto del liberalismo como el conservadurismo.

Los liberales sostienen una casi religiosa creencia en la efectividad del gobierno como una herramienta social. Ellos tienden a ver la sociedad humana como inherentemente puesta con problemas, problemas a los cuales se llama al gobierno para arreglar. Cuando son desafiados en la evidencia de la efectividad del gobierno, muchos retroceden a una creencia moral en la legitimidad del gobierno como una institución para lograr la “justicia social”. Si la evidencia sugiere que las políticas presentadas no son efectivas, entonces se cree que la respuesta es “reforma”, mejor responsabilidad de los oficiales de gobierno, o similares panaceas. La respuesta a la confirmación de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” es una llamada a menos interés personal, una llamada a más legislación, o – tal vez no sorprendentemente – demandas por un envolvimiento político aún mayor.

Una voluntad para cuestionar la efectividad del gobierno como un solucionador de problemas sociales no es característica del liberalismo moderno. Es entonces difícil de reconciliar con la política del escepticismo.

Pero tampoco el conservadurismo es un amigo del cuestionador crítico. Los conservadores mantienen una resistencia a examinar asunciones acerca de la efectividad del gobierno como inculcador de la virtud y cultivador de valores. Su apoyo a la prohibición de la droga y la regulación de la pornografía en internet2 , por ejemplo, a pesar los innúmeros fracasos de los anterior y la segura imposibilidad de lo último, puede sólo explicarse, según mi juicio, por una ignorancia de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” y una creencia que la efectividad de tales políticas es secundario a su deseo. Tal perspectiva también parece difícil de reconciliar con el escepticismo.

Conclusiones

Me parece que los escépticos que desean ser políticamente activos tienen un limitado número de opciones. Se pueden afiliar al creciente movimiento libertario, el cual tiene una visión históricamente informada de la limitada esfera de acción dentro de la cual el gobierno puede operar efectivamente. Esto es lo que yo he hecho.

Otra posibilidad es trabajar con el Partido Demócrata (de EE.UU), utilizando la razón y evidencia histórica para demostrar que el gobierno no es una herramienta efectiva para mejorar las vidas de los más pobres en ningún sentido significativo.

Todavía se tiene la posibilidad de trabajar con el Partido Republicano, sugiriendo que los mismos factores que limitan la ineficiencia del gobierno en el manejo de la economía limitan también su inefectividad en las cuestiones de las personas. Esta es la línea del Caucus Republicano Libertad.

Pero, renunciar todos a la política es un lujo que los escépticos no pueden darse. Cuando encaramos el incremento de hecho en la politización de la vida americana, aún cuando el recientemente electo Congreso, quien declara querer poner límites al gobierno, los escépticos no pueden mantenerse al margen. Si permanecemos apartados, luego, por nuestro silencio, habremos contribuido a un mundo donde la gente crea que puede tener cosas sin pagar por ellas, que obligar a la caridad es lo mismo que compasión, y que criticar el vicio es virtud. Ahora más que nunca, la política norteamericana necesita de la razón y del pensamiento claro.

Si nosotros no lo proveemos, ¿quién lo hará?

Referencias

Acerca del Autor

Barry Fagin es un profesor de ciencia de computadoras en la U.S. Air Force Academy en Colorado Springs, y miembro e los Rocky Mountain Skeptics. Puede ser ubicado electrónicamente en [email protected]. Este artículo esta disponible http://www.rmii.com/~fagin/.

Las ideas expresadas son las del autor y no expresan necesariamente las de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o del gobierno de los Estados Unidos

  1. Uso el término axioma porque los sistemas de creencias en la política moderna son raramente consistentes.
  2. Me refiero al acta de Decencia en las comunicaciones, convertida en ley el 8 de febrero como parte del Acta de Reformas a las Telecomunicaciones de 1996. El 29 de julio en una pensada y articulada decisión la corte de Distrito de Filadelfia encontró la CDA inconstitucional. El caso será escuchado por la Suprema Corte en marzo. Los lectores interesados están invitados a visitarhttp://www.rmii.com/~fagin/faic/para más información.