Diez mitos -y diez verdades- acerca del Ateísmo

Por: Sam Harris

LOS ANGELES TIMES – 24 DE DICIEMBRE DE 2006

Traducción de Ricardo Montanía 

Varias encuestas indican que el término “ateo” ha adquirido un extraordinario estigma en los Estados Unidos de tal forma que ser un ateo es ahora un perfecto impedimento para una carrera en la política ( entendida de tal manera en que ser Musulmán u homosexual no lo es). De acuerdo a una reciente encuesta de Newsweek, solo el 37% de los Americanos votarían para presidente a un ateo, que sea calificado en otros aspectos.

A menudo se imagina a los ateos como intolerantes, inmorales, deprimidos, ciegos a la belleza de la naturaleza y dogmáticamente cerrados a la evidencia de lo sobrenatural.

Aún John Locke, uno de los grandes patriarcas de la iluminación, creía que al ateísmo no se debería “tolerar del todo”, porque, decía él, “promesas, acuerdos y juramentos, que mantienen juntas las sociedades, podrían no ser mantenidas por los ateos”.

Eso fue 300 años atrás. Pero en los Estados Unidos hoy, algo parece haber cambiado. Un destacado 87% de la población  afirma “nunca haber dudado” de la existencia de Dios; unos pocos 10% se identifican a sí mismos como “ateos”- y su reputación parece ir en deterioro.

Como es sabido que los ateos suelen estar entre la gente más inteligente y científicamente formada en cualquier sociedad, parece ser importante desinflar los mitos que les impiden jugar un papel mayor en el discurso nacional.

  1. Los ateos creen que la vida no tiene sentido.

Por el contrario, la gente religiosa suele quejarse de que la vida no tiene sentido e imaginan que solo pueden ser redimidos por la promesa de felicidad eterna más allá de la tumba. Los ateos tienden a ser bastante seguros de que la vida es preciosa. A la vida se imbuye de significado viviéndola plenamente. Las relaciones con aquellos que amamos son significativas ahora, no necesitan ser eternas para eso. Los ateos tienden a encontrar este miedo como una insignificancia… bueno… sin significado.

  1. El ateísmo es responsable por los más grandes crímenes de la historia.

La gente de fe suele afirmar que los crímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot fueron el producto inevitable de la no creencia. El problema con el fascismo y el comunismo, sin embargo, no es que sean muy críticos de la religión; el problema es que son demasiado parecidos a la religión. Tales regimenes son intrínsecamente dogmáticos y generalmente hacen surgir cultos a la personalidad indistinguibles de los cultos a los héroes religiosos.

Auschwitz, el GULAG y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que pasa cuando los humanos rechazan el dogma religioso; son ejemplos de los estragos que causan los dogmas políticos, raciales y nacionalistas.

No hay sociedades en la historia humana que han sufrido porque su pueblo se haya vuelto demasiado razonable.

  1. El ateísmo es dogmático.

Judíos, Cristianos y Musulmanes afirman que sus escrituras son tan proféticas de las necesidades humanas que solo pudieron haber sido escritas bajo la dirección de una deidad omnisciente.

Un ateo es simplemente una persona que ha considerado esta afirmación, leído las escrituras y encontrado las afirmaciones ridículas. No es necesario tener fe en algo, o ser de alguna manera dogmático para rechazar creencias religiosas injustificadas. Como el historiador Stephen Henry Roberts (1901- 1971) dijo en una ocasión: “ Te reto a que ambos somos ateos. Solamente que yo creo en un dios menos que tú. Cuando entiendas porque desestimaste los otros posibles dioses, entenderás porque desestimo al tuyo”.

  1. Los ateos creen que todo en el universo surgió por azar.

Nadie sabe porqué el universo existió. En efecto, no está enteramente claro que podamos hablar coherentemente acerca del “comienzo” o de la “creación” del universo, estas ideas invocan el concepto de tiempo y aquí hablamos del origen del espacio-tiempo en sí mismo.

La idea que los ateos creen que todo fue creado al azar es también utilizada regularmente como crítica a la evolución darwinista. Como explica Richard Dawkins en su maravilloso libro “El espejismo de Dios”, “esto representa una absoluta mala interpretación de la teoría evolucionista.” Aunque no sabemos precisamente como la química temprana de la tierra engendró la biología, sabemos que la diversidad y la complejidad que vemos en el mundo viviente no es un producto del mero azar. La evolución es una combinación de mutación aleatoria y selección natural. Darwin utilizó la frase “selección natural” por analogía con “selección artificial”, utilizada por los criadores de animales. En ambos casos,  la selección ejerce un efecto altamente no aleatorio en el desarrollo de cualquier especie.

  1. El ateísmo no tiene conexión con la ciencia.

Aunque es posible ser un científico y creer en Dios- como algunos científicos parecen decir- no hay dudas de que un involucramiento con el pensamiento científico tiende a erosionar antes que a apuntalar la fe religiosa. Si tomamos a USA como ejemplo: la mayoría de las encuestas hechas al público en general muestra un 90% de creencia en algún Dios personal; sin embargo el 93% de los miembros de la Academia Nacional de Ciencias no es creyente. Esto sugiere hay pocos modos de pensar menos adecuados a la fe religiosa que el pensamiento científico.

  1. Los ateos son arrogantes.

Cuando los científicos no saben algo- como porqué el universo empezó o como se formó la primera molécula auto-replicante – lo admiten. Pretender que se sabe cosas que en realidad no se saben implica una enorme negativa para la ciencia. Y sin embargo es la sangre que da vida de las religiones basadas en la fe. Una de las monumentales ironías del discurso religioso se ve en la frecuencia con que la gente de fe se auto alaban por su humildad, mientras afirman conocer hechos acerca de la cosmología, la química y la biología que ningún científico conoce. Cuando consideran cuestiones acerca de la naturaleza del cosmos y nuestro lugar en él, los ateos tienden a basar sus opiniones en la ciencia. Esto no es arrogancia; es honestidad intelectual.

  1. Los ateos son cerrados a la experiencia espiritual.

No hay nada que impida a un ateo experimentar el amor, el éxtasis, arrobamiento y sobrecogimiento; los ateos pueden dar valor a estas experiencias y buscarlas regularmente. Lo que los ateos no suelen hacer es hacer injustificadas (e injustificables) afirmaciones acerca de la realidad basados en esas experiencias. No hay dudas de que algunos Cristianos han transformado para mejor su vida leyendo la  Biblia y rezando a Jesús.

¿Qué prueba esto?

Prueba que ciertas disciplinas de atención y códigos de conducta pueden tener un profundo efecto en la mente humana. ¿Sugieren estas experiencias que Jesús es el único salvador de la humanidad? Ni remotamente- porque Hindúes, Budistas,  Musulmanes e incluso ateos tienen experiencias similares-.

No hay en efecto ningún Cristiano en la tierra que sepa si Jesús usaba barba más que si nació de una virgen o que si se levantó de entre los muertos. Estas simplemente no son la clase de cosas que una experiencia espiritual pueda autenticar.

  1. Los ateos creen que no hay nada más allá de la vida y el entendimiento humanos.

Los ateos son libres de admitir los límites del entendimiento humano de una manera en que los religiosos no pueden. Es obvio que no entendemos del todo el universo; pero es aún más obvio que ni la Biblia, ni el Corán reflejan un mejor entendimiento de él.

No sabemos si habrá vida compleja en algún otro lugar del cosmos, pero podría. Si la hubiera, tales seres podrían haber desarrollado un entendimiento de las leyes naturales que excedan vastamente a las nuestras. Los ateos pueden hacer esas suposiciones, incluso pueden admitir que si existieran brillantes extraterrestres, los contenidos de la Biblia y el Corán serían aun menos impresionantes que lo que son para los humanos ateos.

Desde el punto de vista ateo, las religiones del mundo trivializan completamente la belleza real de la inmensidad del universo. Nadie debe aceptar algo que no tenga suficiente evidencia para aceptar tal observación.

  1. Los ateos ignoran el hecho de que la religión es extremadamente beneficiosa para la sociedad.

Aquellos que enfatizan los buenos efectos de la religión parecen nunca percibir que tales efectos fallan en demostrar la verdad de cualquier doctrina religiosa. Es por eso que tenemos términos como “pensamiento deseoso” y  “auto-decepción”. Hay una profunda diferencia entre un espejismo consolador y la verdad.

En cualquier caso, los buenos efectos de la religión pueden ser discutidos. En la mayoría de los casos, parece que la religión da a la gente malas razones para comportarse bien, cuando hay buenas razones disponibles. Pregúntese a sí mismo, si qué cosa es más moral, ayudar a los pobres preocupados por su sufrimiento, o hacerlo así porque el creador del universo desea que lo haga, que lo recompensará por hacerlo o lo castigará si así no lo hiciere.

  1. El ateísmo no provee bases para la moralidad.

Si una persona aún no comprendió que la crueldad está mal, ciertamente no descubrirá eso leyendo la Biblia o el Corán—esos libros desbordan de crueldad humana y divina.

No obtenemos moralidad de la religión. Nosotros decidimos que es bueno en nuestros buenos libros recurriendo a las intuiciones morales que (en cierto nivel) están impresos en nosotros y que han sido refinados por miles de años de pensar acerca de las causas y posibilidades de la felicidad humana.

Hemos hecho un considerable progreso moral a través de los años y no lo hicimos leyendo la Biblia o el Corán más atentamente. Ambos libros condonan la práctica de la esclavitud— mientras todo humano civilizado reconoce que la esclavitud es una abominación. Cualquier cosa que sea buena en un escrito —como la regla dorada— puede ser valorada por su sabiduría ética sin que debamos creer que nos fue traída por el creador del universo.

Escepticismo y Política

Por: Barry Fagin

 Para los escépticos que desean ser políticamente activos, algunas opciones son más atractivas que otras.

¿Cuál es la conexión entre el escepticismo y la política?
¿Cuáles son las políticas apropiadas para un escéptico?

¿El hecho de ser escéptico automáticamente establece una posición política, o hay puntos de vista alternativos consistentes con el escepticismo?

Hago estas preguntas porque pienso que los escépticos no le han prestado suficiente atención. Esto no es sorprendente, considerando nuestra naturaleza. Como escépticos, estamos acostumbrados a la deliberación, evaluación de evidencia y en la insistencia de la necesidad de aportar evidencias extraordinarias para apoyar afirmaciones extraordinarias.

Estos temas no son importantes para el proceso político, el cual en cambio apela a la emoción y a la manipulación exitosa de las pasiones humanas.

No es sorprendente nuestra sensación de poco confort en el mundo político. Representa todo lo que rechazamos en nuestra búsqueda de entendimiento. Sin embargo, nos enfrentamos a la evidencia insoslayable de la importancia de la política. Nos guste o no, muchos aspectos de nuestras vidas son afectados, y continuarán siendo afectados, por el proceso político.

El simple interés personal, por tanto, sugiere que los escépticos deberían abordar los temas políticos. De mayor importancia es que quizás los escépticos tienen algo importante que ofrecer a sus conciudadanos.

La transparencia otorgada al proceso político puede proveer una útil plataforma para el análisis racional tan a menudo ausente del debate político moderno. Este artículo explorará la conexión entre el escepticismo y la política.

Comienzo con una discusión de la testabilidad de las afirmaciones políticas Luego discuto una bien conocida distinción entre política, moralidad y su relevancia para los escépticos. Posteriormente examino las definitorias instituciones de la política, desarrollos de las ciencias sociales que podrían afectar la política para un escéptico, además de otros ítems que los escépticos encontramos especialmente problemáticos. Concluyo con algunas opciones políticas para los escépticos, junto a una elección que a mi juicio es inaceptable.

La importancia de la testabilidad

Para un escéptico, la testabilidad de una afirmación es el asunto más importante. Desafortunadamente, la testabilidad de las hipótesis políticas es extremadamente baja, dada la dificultad de experimentos controlados. Uno se pregunta si la expresión “ciencia política” tiene en efecto algún significado.

Supóngase por ejemplo que, deseamos evaluar la falta de efectividad de la redistribución de los ingresos en la reducción de la pobreza. No podemos crear dos sociedades idénticas, dando a una de ellas una entrada (*) placebo y a la otra una real, administradas en un modelo de doble ciego. El proceso político afecta a todos los miembros de una comunidad dada; no existen observadores ni interesados para evaluar las salidas.

Debemos, en cambio, vivir con las imperfectas alternativas de ciudades, estados y naciones como pobremente conducidos experimentos en organización social.

Aunque estos experimentos carecen de controles, factores en contra y toma un largo lapso antes de que produzcan efectos medibles, son las mejores fuentes de información factual para los escépticos acerca de lo asuntos políticos.

Por tanto, un escéptico debería estar familiarizado con la historia, la política y la economía, a pesar de su falta de valor predictivo fuerte como las ciencias sociales. Un escéptico debería saber cómo los seres humanos han tratado de organizarse socialmente. Cuando un escéptico hace una afirmación sobre algún hecho político, debería estar familiarizado con ejemplos similares de la historia. Cuando un escéptico desafía una afirmación política, debería cuestionar aquellos ejemplos que apoyan la suposición. Cuanto más extraordinarias sean las afirmaciones, más creíbles deberán ser los ejemplos.

Escepticismo y moralidad

Muchas afirmaciones políticas, por supuesto no son falsables:

  • “Tenemos el deber de ayudar a aquellos miembros de nuestra sociedad que no son capaces de ayudarse a sí mismos”.
  • “La homosexualidad no es moralmente igual que la heterosexualidad”.
  • “La salud es un derecho, no un privilegio”.
  • “El gobierno debe inculcar moralidad a sus ciudadanos”.

Estas no son afirmaciones empíricas, sino morales: afirmaciones que indican valores sentidos profundamente por el que las hace. Ellas sirven como axiomas de un sistema de creencias. La adherencia a valores morales no es incompatible con el escepticismo, aunque los axiomas morales de un escéptico son más susceptibles de cambiar a través del tiempo que los de la mayoría, dado su hábito mental de constante cuestionamiento y reevaluación.

¿Qué podemos decir, de las relaciones entre los valores morales de los escépticos y sus preferencias políticas?

Escepticismo y gobierno

La clave, pienso, es que, mientras que la política y la moralidad estén relacionadas, no son idénticas. Todas las acciones políticas deben ser morales, pero la reciprocidad no se da. Hay un extendido régimen de acción que incluye la moralidad pero que, en una sociedad justa excluyen a la política. Esta visión es esencialmente la del liberalismo clásico, que ve a los seres humanos como agentes con derechos, de tal manera que, se establecen los gobiernos para asegurarlos, no con una finalidad dada. Tal visión reconoce el derecho del individuo a tomar decisiones morales sin la intervención del estado, dentro de los límites en que los derechos de los demás son respetados.

La política es una fuerza socialmente implantada: las soluciones políticas a los problemas son todos acerca de forzar a las personas a tomar un curso de acción. Esto provee una manera de distinguir afirmaciones morales de las políticas. Si las afirmaciones de arriba son hechas en un contexto político, son mas apropiadamente interpretadas como:

  • “La gente debe ser obligada a ayudar a aquellas que no pueden ayudarse a sí mismas”.
  • “La política gubernamental debe distinguir la heterosexualidad de la homosexualidad”.
  • “El gobierno debe proveer cuidados de salud, aunque esto signifique obligar a la gente a hacerlo”.
  • “La gente debe ser hecha virtuosa”.

Una perspectiva que reconoce la distinción entre política y moralidad puede permitir a los escépticos encarar a la gente con diferentes valores morales en cuestiones políticas, a pesar de diferencias aparentemente irreconciliables de opinión. Los escépticos, en efecto, pueden tener un ancho campo de diferentes valores morales. Si tienen éxito en reconciliar sus ideas políticas y su escepticismo, entonces deberían aplicar sus mismas técnicas de análisis crítico a las instituciones políticas de la misma forma como lo hacen con todas las otras. La institución del gobierno y el uso de la coerción, como herramienta social, las dos características centrales de la política, deben ser examinados críticamente. A mi juicio, la teoría económica, la evidencia histórica, y la simple experiencia diaria sugieren que el gobierno es una herramienta muy pobre para la resolución de los problemas sociales. Si esta visión es correcta, se tienen profundas implicancias para las políticas del escepticismo.

Teoría del escepticismo y la decisión pública

Los lectores que por largo tiempo han creído en la inefectividad de la política como medio para lograr fines sociales deberían estar alertas a recientes desarrollos en las ciencias sociales. La teoría de la decisión pública, en particular, amerita cuidadoso estudio. Desarrollada por James Buchanan, genera predicciones verificables acerca del comportamiento de las instituciones políticas. Estas predicciones están sostenidas por la observación empírica, sugiriendo que todo escéptico debería tener cuanto menos un conocimiento funcional de ellas. Por su trabajo, en el desarrollo de la teoría de la decisión pública, James Buchanan recibió el premio Nobel de Economía, en 1986.

Brevemente, “La teoría de la decisión pública” aplica los principios de la economía al sector público, principios que previamente, en círculos académicos, solamente fueron aplicados al sector privado. Métodos previos de análisis económico asumían que mientras los intereses propios de los humanos eran en los asuntos privados, los asuntos públicos eran diferentes. Cuando acciones privadas llevaban a un “fracaso de mercado”, se asumía que las instituciones públicas eran capaces de corregirlo debido al conocimiento superior, motivación u otros atributos. En otras palabras, se asumía que los gobiernos estaban “por encima” del interés personal y por ello, más efectivos para solucionar problemas sociales.

“La teoría de la decisión pública” sugiere que esta asunción no es correcta. El interés personal es dominante en todos los dominios humanos, tanto públicos como privados. Esto significa que, cuando se dirige una solución política a una posible incidencia de fracaso de mercado, la posibilidad de fracaso político debe también ser considerado. El fracaso político es simplemente la situación que ocurre cuando la solución política no funciona, tiene consecuencias negativas no intencionadas, y/o crea peores situaciones que el problema que debió ser resuelto.

Los lectores que estén interesados en aprender más sobre “La teoría de la decisión pública”, pueden referirse al trabajo original de Buchanan (Buchanan 1964) y un resumen de evidencia de soporte 20 años más tarde (Buchanan 1984). Copias de estos libros pertenecen a todo estante de un escéptico.

Asuntos difíciles para escépticos

Si se concede escepticismo acerca del gobierno, entonces el escéptico queda en una situación difícil en asuntos donde la ciencia y las políticas públicas se sobreponen. De un lado, nuestro compromiso a los más altos principios de investigación objetiva y nuestra comprensión de las manifiestas contribuciones de la ciencia, sugieren que deberíamos apoyar la actividad gubernamental en la educación de la ciencia, incremento de fondos federales para la investigación científica, prohibición de medicinas que no fueron probadas seguras y efectivas, y así sucesivamente. Por otro lado, el escepticismo acerca del gobierno nos dice que estas políticas en su implementación práctica son muy probables de tener consecuencias no intencionadas, precisamente porque el gobierno participa (Martino 1992), (Fagin 1993).

Uno no puede evitar sentirse ultrajado, por ejemplo, ante la tragedia moderna de la curación por fe, tan elocuentemente descrita por James Randy en su libro “The Faith Healers” (Randi 1987). La venalidad, corrupción, e ignobilidad de sus practicantes parecen ser excedidos sólo por la culpabilidad de sus seguidores. Aun así, aquellos que son escépticos deberían preguntarse cómo podrían ser los acercamientos políticos efectivos.

¿Se debería aplicar impuestos a esos curadores, ya que no son una religión “legítima”? Si es así, ¿quién decidiría la legitimidad religiosa? ¿Debería perseguirse a los curadores por fraude, incluso si sus víctimas continúan creyendo? Si es así, ¿cómo se llevarían a cabo tales persecuciones? ¿Cómo un Departamento de Investigación de la Curación por Fe realmente actuaría en la práctica? ¿Qué tan efectiva ha sido la acción coercitiva históricamente al ponerse entre personas ilusas y desesperadas, y algo en lo que quieren creer? Las respuestas a estas cuestiones, me parece, ponen al escéptico en la posición del renuente laissez-faire. Aunque podemos aborrecer la curación por fe, y aunque queremos ver a sus curadores fuera del negocio, debemos reconocer que las instituciones políticas son inapropiadas para tratar este problema.

Un ejemplo similar, pero más controversial del dilema que enfrentan los escépticos en la arena pública ocurrió en estas páginas (Barret 1995) y en las posteriores cartas al editor (Lantz 1995), concerniente al rol de la FDA en la regulación de la medicina práctica. Por otro lado, los escépticos entienden que la ciencia es la mejor manera para comprender cómo el mundo funciona. La gente que elige para sí misma técnicas medicinales que no han sido substanciadas científicamente, están, por lo menos, derrochando su dinero y en el peor de los casos, poniendo en peligro sus vidas.

Y, todavía los escépticos deberían preguntarse si una prohibición de medicamentos no comprobados y prácticas medicinales no convencionales realmente representa una mejoría. La teoría de la decisión pública sugiere, y la evidencia muestra, que agencias como la FDA actúan para incrementar sus presupuestos y la autoridad regulatoria más allá de lo que originalmente se intencionaba. Ellos tienden a errar en la parte de caución, intercambiando vidas salvadas al prohibir productos no comprobados por vidas perdidas a causa de los retrasos en la aprobación de nuevos dispositivos y drogas. La manera correcta de hacer tal compensación está lejos de ser obvia (Higos 1994ª y 1994b). Hay también, serias dificultades para tratar “seguridad” como un concepto objetivo. Para un burócrata, seguridad sólo puede mostrarse por un estudio de varios años de la droga usando controles cuidadosos y estándares científicos rigurosos. Para un joven muriendo de SIDA, la seguridad de una droga significa algo muy diferente.

La salida a estos problemas, me parece, se proveé por la distinción entre política y moralidad. A pesar de que como escépticos comprendamos que la ciencia es la mejor manera de descubrir la verdad del mundo físico, otros no concuerdan esto, o por lo menos piensan que descubrir la verdad del mundo físico es secundario con respecto a otras cuestiones. Mientras sus acciones no dañen a otros, debemos desafortunadamente permitir a otros actuar según esas creencias, simplemente porque la coerción muy improbablemente mejorará la situación.

Podemos esperar persuadir voluntariamente, a través del ejemplo personal y a través de la articulación vigorosa de por qué la ciencia y el pensamiento críticos son importantes, pero el escepticismo sobre la definición de las instituciones políticas demanda que no usemos la fuerza contra la gente que cree en curación por fe, laetrile y canalización.

Las políticas de un escéptico

¿Qué significa esto para los escépticos que quieran afiliarse políticamente? ¿Cuál activismo político es el más apropiado para los escépticos? Estos asuntos son específicamente difíciles hoy, ya que la aplicación de una perspectiva crítica a la institución del gobierno distingue las políticas de un escéptico tanto del liberalismo como el conservadurismo.

Los liberales sostienen una casi religiosa creencia en la efectividad del gobierno como una herramienta social. Ellos tienden a ver la sociedad humana como inherentemente puesta con problemas, problemas a los cuales se llama al gobierno para arreglar. Cuando son desafiados en la evidencia de la efectividad del gobierno, muchos retroceden a una creencia moral en la legitimidad del gobierno como una institución para lograr la “justicia social”. Si la evidencia sugiere que las políticas presentadas no son efectivas, entonces se cree que la respuesta es “reforma”, mejor responsabilidad de los oficiales de gobierno, o similares panaceas. La respuesta a la confirmación de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” es una llamada a menos interés personal, una llamada a más legislación, o – tal vez no sorprendentemente – demandas por un envolvimiento político aún mayor.

Una voluntad para cuestionar la efectividad del gobierno como un solucionador de problemas sociales no es característica del liberalismo moderno. Es entonces difícil de reconciliar con la política del escepticismo.

Pero tampoco el conservadurismo es un amigo del cuestionador crítico. Los conservadores mantienen una resistencia a examinar asunciones acerca de la efectividad del gobierno como inculcador de la virtud y cultivador de valores. Su apoyo a la prohibición de la droga y la regulación de la pornografía en internet2 , por ejemplo, a pesar los innúmeros fracasos de los anterior y la segura imposibilidad de lo último, puede sólo explicarse, según mi juicio, por una ignorancia de las predicciones de “La teoría de la decisión pública” y una creencia que la efectividad de tales políticas es secundario a su deseo. Tal perspectiva también parece difícil de reconciliar con el escepticismo.

Conclusiones

Me parece que los escépticos que desean ser políticamente activos tienen un limitado número de opciones. Se pueden afiliar al creciente movimiento libertario, el cual tiene una visión históricamente informada de la limitada esfera de acción dentro de la cual el gobierno puede operar efectivamente. Esto es lo que yo he hecho.

Otra posibilidad es trabajar con el Partido Demócrata (de EE.UU), utilizando la razón y evidencia histórica para demostrar que el gobierno no es una herramienta efectiva para mejorar las vidas de los más pobres en ningún sentido significativo.

Todavía se tiene la posibilidad de trabajar con el Partido Republicano, sugiriendo que los mismos factores que limitan la ineficiencia del gobierno en el manejo de la economía limitan también su inefectividad en las cuestiones de las personas. Esta es la línea del Caucus Republicano Libertad.

Pero, renunciar todos a la política es un lujo que los escépticos no pueden darse. Cuando encaramos el incremento de hecho en la politización de la vida americana, aún cuando el recientemente electo Congreso, quien declara querer poner límites al gobierno, los escépticos no pueden mantenerse al margen. Si permanecemos apartados, luego, por nuestro silencio, habremos contribuido a un mundo donde la gente crea que puede tener cosas sin pagar por ellas, que obligar a la caridad es lo mismo que compasión, y que criticar el vicio es virtud. Ahora más que nunca, la política norteamericana necesita de la razón y del pensamiento claro.

Si nosotros no lo proveemos, ¿quién lo hará?

Referencias

Acerca del Autor

Barry Fagin es un profesor de ciencia de computadoras en la U.S. Air Force Academy en Colorado Springs, y miembro e los Rocky Mountain Skeptics. Puede ser ubicado electrónicamente en [email protected]. Este artículo esta disponible http://www.rmii.com/~fagin/.

Las ideas expresadas son las del autor y no expresan necesariamente las de la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos o del gobierno de los Estados Unidos

  1. Uso el término axioma porque los sistemas de creencias en la política moderna son raramente consistentes.
  2. Me refiero al acta de Decencia en las comunicaciones, convertida en ley el 8 de febrero como parte del Acta de Reformas a las Telecomunicaciones de 1996. El 29 de julio en una pensada y articulada decisión la corte de Distrito de Filadelfia encontró la CDA inconstitucional. El caso será escuchado por la Suprema Corte en marzo. Los lectores interesados están invitados a visitarhttp://www.rmii.com/~fagin/faic/para más información.